CANCER Y ALIMENTACION
Todos los
estudios científicos, los más rigurosos, ponen de manifiesto la relación que
existe entre cáncer y alimentación. En
todos los listados de los principales factores relacionados con la
aparición de un cáncer, la alimentación siempre es el primero, por delante de
otros como el consumo de tabaco o la genética. Por lo tanto hay que asumir que
una alimentación incorrecta puede acrecentar el riesgo de desarrollar cáncer y,
por el contrario, una alimentación saludable puede reducir el riesgo de que
crezca en nuestro cuerpo este «cangrejo», que puede devorarnos por dentro.
¿Cuál es esa
alimentación saludable que aleja de nosotros el riesgo del cáncer? En primer
lugar debemos aplicar todos los principios generales que ya conocemos. No conviene abusar de grasas
saturadas, ni de las carnes rojas, no consumir alimentos quemados directamente
por el fuego, ni abusar de los ahumados, no apurar el aceite en las freidoras,
ni dejar en el aceite restos de alimentos que se refrían una y otra vez. Todos
estos alimentos contienen sustancias que dentro del organismo se pueden transformar en auténticos venenos, que pueden
inducir la transformación cancerosa de las células.
Pero, el
protagonismo de la lucha alimentaria contra el cáncer lo abanderan las frutas,
las verduras y las hortalizas. Los vegetales desarrollan substancias de poderes
extraordinarios, que pueden llegar a ser potentes venenos o eficaces medicinas.
Hasta hace muy pocos años el reino vegetal era la fuente principal de remedios
para el cáncer, como para el resto de las enfermedades. Muchas de esas medicinas maravillosas las
fabrican plantas que no son comestibles y sus tesoros nos benefician en forma
de medicamentos. Tal es el caso, por ejemplo, del tradicional quimioterápico
vincristina, que se extrae de la vincapervinca; o el novedoso taxol, tan eficaz
en el tratamiento de varios tipos de cáncer y entre ellos el de mama, que se
extrae de una variedad de tejo.
Casi todas las
plantas comestibles (frutas, frutos secos, bayas, verduras, hortalizas,
legumbres) también son capaces de elaborar remedios eficaces contra el cáncer, y
que introducimos en nuestro organismo al consumirlas. Un ejemplo muy bien documentado, a través de
numerosos estudios realizados in vitro y mediante animales de experimentación,
es el poderoso efecto anticanceroso de algunas crucíferas como el repollo,
coles, la coliflor y el brócoli. Estas
verduras contienen dos substancias El
sulforofano y el indol-3-carbinol, que
ejercen potentes efectos inhibidores del crecimiento de las células de varios
tipos de cánceres humanos, entre ellos el de mama y el de próstata. El indol-3-carbinol parece ser que se une a
una molécula que es responsable del crecimiento de las células cancerosas. Esto
no significa que comiendo estos alimentos uno esté absolutamente protegido del
mal, simplemente que estadísticamente se reduce el riesgo de padecerlo.
CINCO
MEDIDAS QUE REDUCEN EL RIESGO DE CÁNCER
1. No
abusar de la grasa. Tanto los estudios en animales, como en seres humanos
muestran una estrecha relación entre el contenido de grasa de la dieta y el
aumento del cáncer de mama, de colon, de recto y de próstata sobre todo; pero
también parece tener relación con el cáncer de ovario, de endometrio y de
páncreas. Es recomendable no superar la ingestión de un 35% de las calorías
diarias en forma de grasa; esto significa un consumo muy moderado de este
nutriente.
2. Mantener
el peso corporal que corresponda. La obesidad también es un factor de
riesgo para el cáncer de mama, cuello uterino, colon, endometrio, vesícula
biliar, riñón, ovario, próstata y tiroides. Los hombres con un sobrepeso del
40% tienen un 35% más de probabilidades de morir de cáncer, especialmente de
colon y recto. Las mujeres con un 40% de sobrepeso tienen un 160% más de probabilidades
de morir de cáncer, especialmente de vesícula biliar, mama, cuello uterino,
endometrio y ovario. Hay que procurar que nuestro peso no supere la cifra de 26
o 27 de Índice de Masa Corporal.
3. Comer
fibra en abundancia. Toda la fibra dietética es de origen vegetal y está
formada por un conjunto heterogéneo de componentes, que no pueden digerirse en
el intestino humano. El aumento del contenido de fibra de la dieta tiene un
efecto protector, fundamentalmente, frente al cáncer de colon y de mama. Pero
también parece ser útil frente a los cánceres de boca, faringe, esófago,
estómago, endometrio y ovario. La principal recomendación relacionada con la
fibra es la de consumir, a ser posible, hasta 20-30 gramos al día. Ello
representa aumentar el consumo de frutas, verduras, hortalizas, pan y cereales
integrales y legumbres. Unos u otras deben estar presentes en cada comida de
cada día.
4. Evitar
el daño de los oxidantes. De los micronutrientes antioxidantes, los que más
claramente han demostrado su efecto protector frente al cáncer, son las
vitaminas A (retinoides), los beta-carotenos, los licopenos, las vitaminas C y
E y el selenio. Las fuentes más ricas en estos micronutrientes antioxidantes
son las frutas y las verduras y hortalizas y los cereales integrales. Un bajo
consumo de estos compuestos se ha relacionado con una mayor incidencia de
cánceres de pulmón, cavidad oral, faringe, laringe, esófago, estómago, colon,
recto, vejiga y cuello uterino.
5. Reducir
al máximo las sustancias tóxicas. Los alimentos pueden contener sustancias
que pueden generar, en el organismo, compuestos cancerígenos. Hay que destacar
algunos en los que no solemos reparar. De todos ellos no conviene abusar,
aunque no hay riesgo si se consumen de vez en cuando. Por ejemplo: los restos
de rebozado que se carbonizan una y otra vez en el aceite mal filtrado, el
aceite reutilizado más de 20 veces, lo quemado de las carnes a la barbacoa o
del pan tostado, los encurtidos (pepinillos, guindillas, etc en vinagreta),
algunos conservantes compuestos de nitritos y nitratos (E-249 a E-252) y los
alimentos ahumados.
EL JUGO DE
GRANADA Y LAS BAYAS TIBETANAS
Decía Don
Gregorio Marañón, allá por los años 20 del siglo pasado, que no hay ciencia más
mudable que la ciencia de la dietética. Y esa afirmación está hoy de plena
vigencia. Cada día nos asedian los anuncios de remedios maravillosos contra el
cáncer, el envejecimiento y demás azotes de nuestra salud y, con frecuencia, no
somos capaces de diferenciar cuáles son realmente eficaces y cuáles no.
Últimamente están de moda dos de estos remedios: el jugo de granada para
prevenir o tratar el cáncer de próstata y las bayas tibetanas del arbusto
llamado goji, para una amplia variedad de procesos malignos. Vamos a analizar
cuáles son las propiedades frente al cáncer de estos dos productos.
Hace un par
de años comenzó a propagarse la noticia de que el jugo de la granada ayudaba en
la prevención y en el tratamiento del cáncer de próstata. La fuente de esta
información fue un estudio de investigación realizado en una universidad de
Estados Unidos. El
jugo de la granada contiene numerosos antioxidantes y sustancias parecidas a
las hormonas femeninas, los estrógenos, llamadas fitoestrógenos (que también
abundan en la soja). Ambos compuestos
pueden cooperar en la lucha contra el cáncer de próstata. Los
investigadores de Wisconsin señalaron que el jugo de granada contiene más
antioxidantes que el vino tinto y el té verde, ambos señalados como
prometedores agentes contra el cáncer. El equipo de investigación estudió, con
resultados muy positivos, si el extracto de granada podría, no sólo eliminar un
cáncer existente, sino impedir que el cáncer comenzase o progresase. Dados los
resultados comunicados por los investigadores, el consumo de jugo de la granada
puede servir para reducir el riesgo de contraer la enfermedad y también para
ayudar a reducir las recidivas tras el tratamiento médico adecuado. Y así se
recomienda, incluso, desde la consulta del oncólogo.
Las bayas tibetanas del arbusto del goji son de color rojo, poseen un sabor muy dulce y otorgan muchas propiedades y beneficios al organismo. Existen distintas variedades, aunque la más conocida es la Lycium Barbarum. Se recomienda ingerir alrededor de 15 bayas por día. Entre las numerosas ventajas de estas bayas, se asegura que previenen, controlan y combaten diversos tipos de cáncer (melanoma, carcinoma de células renales, carcinoma colonorectal, cáncer de pulmón, carcinoma nasofaríngeo) además de reducir los efectos tóxicos de la quimioterapia y de la radiación. Su efecto reside, al parecer, en su abundancia en germanio (mineral anticancerígeno), en numerosos antioxidantes y en la betaina y en unos peculiares polisacáridos que son capaces de detener las mutaciones genéticas causantes del cáncer, reparando y restaurando el material genético dañado en las células.
Insistimos, cualquier persona puede consumir estos productos que, en dosis razonables, no les puede causar ningún daño y, por el contrario podría proporcionarles algunos beneficios en la prevención y en el tratamiento de algunos tipos de cáncer. Pero no olviden que el cáncer es un proceso complejo, depende de muchos factores y que ninguna medida garantiza la total seguridad frente al mal. Y, por supuesto, no pueden sustituir al tratamiento médico, científico de esa enfermedad.
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